Dirección y guión: Terrence Malick (2011)
Con Brad Pitt y Sean Penn.

El autor parece querer inspirarse en el poderoso símbolo cabalístico que informa el título de este drama impresionista. En un fascinante ejercicio de virtuosismo narrativo y cine de autor, Malick utiliza todos los recursos tecnológicos del lenguaje audiovisual para estructurar una narración enigmática, iconoclasta. Aplica cada una de las posibilidades expresivas del amplio repertorio fílmico pero en su misma aplicación, rompe convenciones, las somete a su peculiar criterio y con ello logra una película estupenda, extraña que conjuga una historia de autodescubrimiento protagonizada por un niño que en su crecer se hace adolescente y luego adulto y en ese hacerse descubre asimismo los abismos de la vida. La muerte del hermano es el catalizador de un relato del que como las ramas de un árbol, penden una poética serie de imágenes, sentimientos desbordantes, racimos de intuiciones filosóficas y espirituales, que comprometen al espectador en una experiencia intensa y ambigua, sublime e inquietante. Las elipsis narrativas nos permiten adoptar un punto de vista quizás más neutro pero decididamente atrapado por la fuerza que encierra la “vulgar” historia de una familia típica americana de los 50 con un padre previsiblemente autoritario y una madre igualmente dócil, que se queja y rebela pero que nada hace para cambiar su destino.
Pero la muerte, irrumpe, rompe la vida y con ello hace brotar posibilidades insospechadas. El dolor de la familia rota es a su vez maldición y bendición, motivo de fe y motor de una auténtica búsqueda espiritual.